El Comandante Agustín

 


A propósito del aniversario de Arnoldo Camú Veloso, dirigente socialista que en vida fue el más firme apoyo del che Guevara en el sur de América, creador del Ejército de Liberación Nacional (Elenos) en Chile y otros países de américa Latina, colaborador directo del presidente Allende y fundador del Gap, es pertinente reproducir el capítulo Agustín, del libro Pedro Juan y Diego escrito por Juan Carlos Moraga D.

 

Agustín

A pesar de verse muy joven, se había ganado la confianza de gran parte de las organizaciones revolucionarias del continente. En Cuba era respetado por su trabajo político y haber dedicado esfuerzos para construir un apoyo efectivo a quienes -en otros países- optaron por la vía armada para construir una sociedad socialista que, a diferencia del proyecto comunista y proclamando un decidido antiimperialismo, fuese latinoamericanista y bolivariano. Después de la derrota del Che tuvo activa participación en el surgimiento de los “Ejércitos de liberación” en diversas partes de América Latina. Desde Santiago apoyó la reorganización del ELN boliviano, ingresando clandestinamente a ese país en varias ocasiones. Era amigo personal de los *Peredo y -cuando muere el Inti- decide organizar una columna guerrillera que, con la consigna “volveremos a las montañas”, continúa la lucha del Che. Pero el deseo de continuar se cruza con la realidad y en el intento fueron quedando sus mejores compañeros. Una de esas malas noticias fue el fracaso de **Teoponte, pero Agustín era un hombre preparado para recibir golpes y, cuando llegaron,  los asumió guardando en su interior dolores y angustias personales. A diferencia de otros, en 1970 captó que el triunfo por la vía electoral era posible.

En febrero, cuando se reúne con el Senador Allende para conversar sobre la participación de los elenos en esta candidatura, antes que el candidato abriera la boca, Agustín plantea que el mejor apoyo que le pueden brindar es preocuparse de las tareas de inteligencia, capacitar un grupo que cuide al candidato y diseñar una política militar propia. “Esa es tarea suya, comandante” le dijo Allende y – desde ese momento- Agustín adquirió un compromiso de lealtad que nunca abandonó. La noche del 4 de septiembre conversó 15 minutos a solas con el Presidente electo, suficientes para que este le reafirmara su confianza y Agustín asumiera “de inmediato” las tareas de seguridad e inteligencia, cuestión que coordinaría con el doctor Eduardo Paredes.

Así, con “elenos” del PS y algunos militantes del MIR formaron el GAP, participaron en el esclarecimiento del asesinato del General Schneider, desarticularon la ***VOP y demostraron al país que no era la UP quien asesinó a Edmundo Pérez Zujovic, enfrentándose a tiros con los autores del atentado. Agustín no aparecía en los diarios.

*:Hermanos Inti y Coco Peredo, sobrevivientes de la guerrilla del Che.

**:Teoponte: Intento fracasado de continuar guerrilla del Che Guevara

***: VOP: Vanguardia Organizada del Pueblo. Grupo infiltrado por la CIA

 

Los servicios de inteligencia militar no tenían la menor idea de quién era y cuando, en 1971, se publicó una foto de Altamirano junto a otros chilenos examinando un cañón de largo alcance en Viet Nam, sólo repararon en el jefe del PS y no en sus acompañantes. Después de esa foto, NUNCA MÁS. Para el exterior era uno, entre 45 miembros del Comité Central, pero al interior todos sabían la  importancia de Agustín.

Los oficiales del Ejército que confeccionaban las listas de personas que debían ser detenidas a primera hora del golpe y después llamadas por bando, no incluyeron en los primeros lugares el nombre de Arnoldo Camú Veloso. Para Ellos no era  importante. En cambio, en la Fach, el Comandante Cevallos tenía anotado en una libreta el nombre de Agustín. Sus amigos de la CIA, informados por una alta fuente del PS, sí sabían la importancia del dirigente y -por ello- le entregan a Cevallos el encargo de cazarlo vivo, con la recomendación de que “esta información, no puede llegar a otros servicios”. Tal como le ordenaron, no lo comentó con nadie. De esto, “debía preocuparse personalmente”.

Muy temprano el día once Agustín llega al centro de Santiago. Después de confirmar  informaciones de la madrugada se dispuso a combatir y -para ello- se traslada con su gente  al matadero Lo Valledor. El edificio es una inmensa mole de cemento, con espacios y caminos interiores que permite desplazar personas y vehículos, convirtiéndose en las instalaciones ideales -desde el punto de vista militar- para presentar un segundo frente que permitiría dividir las fuerzas que atacaban La Moneda. Allí convoca a la directiva del PS y se comunica con *Tomás Moro, dando instrucciones para que los miembros del GAP reúnan todo el armamento y concurran al lugar señalado. También llama al Secretario General del MIR, para unir fuerzas y establecer una sola jefatura. **Miguel Enríquez acepta reunirse, pero en ***Indumet y Agustín, para no complicar las cosas, sale de Lo Valledor.

Sócrates Ponce, el interventor de la empresa se puso pálido cuando le informan de la reunión pero, superando el impacto inicial, prepara todo para recibir los vehículos que -con armas y combatientes- se dirigen a la industria. Quince minutos después Agustín cruzó el portón principal de Indumet, lo seguían 20 camionetas y automóviles que trasladaban a unas ochenta personas armadas. Junto a él llegaron los dirigentes Ulloa y Calderón. Después lo hizo Enríquez.

En esa hora de la verdad los hechos demostraron que la “fuerza militar” del MIR era más simbólica que real. Un viejo eleno al verlos llegar comentó:

-Es como dijo el Presidente, son un aparato de propaganda, pero no un destacamento para combatir-.

*: Tomas Moro. Casa donde vive el presidente

**: Miguel Henríquez: Secretario General del MIR

***: Indumet: Industria metalúrgica en Santiago

 

En este escenario quedó claro que el comandante para el enfrentamiento que se avecinaba sería Agustín que –rápidamente– se hizo cargo de su tarea. Al chequear armamentos, sumando el apoyo del GAP y otros que venían de diversos lugares, en un par de horas debía tener 300 hombres armados de fusiles, lanzacohetes y 200 tiros por cabeza.

En tres oportunidades se comunicaron con La Moneda. Desde allí el Coco Paredes informa sobre la determinación del Presidente de combatir hasta el final. En ese momento el jefe del MIR tuvo claro que  este no era el 29 de junio y que ahora las fuerzas armadas enteras estaban por derrocar al gobierno, en cuyo contexto cualquier enfrentamiento podría terminar ese mismo día con su organización y desistió de la primera idea: avanzar por Santa Rosa hacia el centro para apoyar al Presidente hasta que llegaran tropas leales. Entonces resuelve “prepararse para  luchas futuras”, pasando a la clandestinidad. En eso informan que los carabineros rodean el lugar. Inmediatamente se inicia el fuego. Los uniformados, al darse cuenta de la tremenda capacidad de respuesta se repliegan y piden refuerzos. En la primera refriega ya había 4 muertos y más de 15 heridos. Después de este enfrentamiento, los dirigentes del MIR parten a la clandestinidad. De ellos, nunca más se supo.

Las fuerzas de Agustín comienzan a retirarse por la parte trasera de la industria, donde retoman sus vehículos para reunirse con la gente de Tomás Moro. Mientras esto ocurría, una tanqueta derriba el portón principal de Indumet. Poco después la columna que dirige Agustín ingresa a La legua  donde –la tarde del día once– parecía otro país. Por las calles circulan personas armadas que conversan sobre lo que ocurría y, a pesar del nerviosismo, algunos tomaban café. En una casa con techo de zinc y albañilería, los dirigentes, miembros del GAP, algunos miristas y comunistas que resolvieron seguir a los socialistas, planificaban su estrategia cuando informan que  buses de carabineros con tanquetas se dirigen al lugar. El primer combate fue una sorpresa absoluta para los uniformados que –antes de diez minutos– se dieron cuenta que esa batalla estaba perdida. Las balas surgían de ventanas y  techos. Como pudieron, los carabineros retiran sus primeros muertos y arrastraron heridos hasta los buses de su institución. Al pedir refuerzos llega un helicóptero PUMA del Ejército que –con ametralladoras– comienza a disparar a la población.

El ataque se respondió con fusiles, pistolas y armas de cualquier calibre. Por primera vez ese día, personal del GAP usa balas trazadoras que dan en el blanco y el helicóptero, humeando y en medio de gritos de alegría de los pobladores, se retira en dirección a cerrillos. Los vecinos de La Legua, que no conocían el objeto de las “trazadoras”, pensaron que era una especie de fuegos artificiales.  Esto preocupó a Agustín, pues el desconocimiento de la “cosa militar” haría todo más difícil. Ese día los combatientes rechazaron tres ataques de los uniformados, permitiendo que – al replegarse – retiraran sus heridos. Esta caballerosidad no fue correspondida cuando los caídos eran “marxistas”.

La noche cayó de repente donde, a diferencia del resto del país, la gente no se acordaba del toque de queda, caminaba despreocupada y libremente por las calles, satisfechos porque “habían derrotado a los militares”. Braulio –que llegó al GAP desde un campamento en Noviciado– tratando de interpretar los ruidos que esa noche surgían del silencio comentó, “Es como el sueño del territorio libre, lo triste es que esto, al despertar, será una pesadilla”.

En la madrugada Agustín llamó a los jefes de grupo y dio instrucciones. Con los miembros del GAP revisó lo ocurrido en La Moneda, Tomás Moro y La Legua, tratando de adivinar dónde estaban los que faltaban. Después hizo un recuerdo de los caídos y en particular mencionó a Máximo, con el que había hablado en la mañana y que, junto al Presidente, dirigía la resistencia de La Moneda. A los “viejos elenos” les pidió reorganizarse, pero no “suicidarse”. Después se dieron un abrazo y, sin palabras, partieron. Un grupo se dirige  al sur y otro hacia el sector poniente de Santiago. Agustín, en medio de la noche, caminó hacia un grupo de personas que lo esperaba. Uno de estos hombres, con la vista pérdida en el tiempo, 30 años más tarde comentaría que, el de la Legua y La Moneda, fueron los únicos combates reales del once de septiembre.

Dos semanas más tarde, Agustín salió de su casa de seguridad, cerca de San Diego, para reunirse con alguien del aparato. En lugar del contacto, llegaron dos hombres de civil que -al acercarse- lo apuntan con pistolas mientras se aproxima una camioneta. De inmediato lo suben a la parte trasera del vehículo donde vigilan tres soldados con fusil. Al ponerse en movimiento, Agustín se lanza sobre uno de ellos y –aunque estaba amarrado de manos- salta hacia el exterior, provocando que le disparen. Los jóvenes conscriptos, asustados y nerviosos, lo acribillan, provocándole una muerte instantánea. Sin duda, Agustín se hizo matar, obteniendo su última victoria frente a Cevallos y la CIA que lo querían vivo para, “trabajarlo”.

25 años después Pascal Allende reconocería que la fuerza real del MIR el once de septiembre, “no era superior a doscientos hombres”. Durante mucho tiempo el país estuvo convencido que la fuerza armada de los marxistas se encontraba en este grupo, que llamaba “a ganar la guerra civil”, pero pocos imaginaron que todo era un bluf. Los hechos demostraron que la opinión del Presidente acerca del MIR era exacta.

El drama es que los militares, por ineficacia de sus servicios de inteligencia no lo sabían y por todo lo que se dijo y declaro antes del once, esperaban una respuesta militar con mayor capacidad de fuego.

El MIR, durante el golpe y  años posteriores, no participa en combates reales y sus contados enfrentamientos se debieron a fugas de casas de seguridad, como ocurre en  Malloco, el Arrayán y calle Santa Fe. En ninguno de estos se involucran más de 10 personas, quedando claro que se trataba de grupos reducidos para propaganda armada, pero no de una organización político-militar que se planteara seriamente un enfrentamiento con las fuerzas armadas. La factura de esta irresponsabilidad la pagaron miles de personas cuyo pecado fue ser parte de un sueño y creer en dirigentes que les aseguraban tener los medios y elementos para hacerlo posible. 

Con los años, la historia se ha hecho cargo de rescatar y reivindicar el nombre de Arnoldo Camú Veloso, el comandante Agustín que encabeza y dirige el segundo combate del 11 de septiembre de 1973, siendo el primero en La Moneda y el segundo en la Legua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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